Obra conceptual de aproximadamente 7000m3, excavación y posterior proyectado con poliuretano expandido.
Obra interactiva, el espectador puede acceder en el interior de la obra y experimentar una búsqueda personal.
Recorrido visual o empirico.
José Luis Loarce escribió el siguiente articulo de opinión sobre la obra en La Tribuna de Ciudad Real:
“Laberinto en La Serna”
Desde el último de los 26 escalones de chapa oxidada (“El alma”, 2000) en el jardín de la Serna, los campos que ayer eran de un verde primoroso ahora lo son de amarillo casi hiriente. Esos 50.000 kilos de insólito hierro ocre, ha escrito Eugenio Bermejo, su autor, que representarían “El lma que es memoria histórica de cada individuo y pura física genética”.
Es una escalera totémica, que tiene en lo más alto otra escalera inestable y girada que sube al cielo. Escalera a su vez de pintor de nubes; acaso con la que sueña Eugenio para pintar algún día, a su muy particular modo, la bóveda azul, cual capilla sixtina y calatrava.
Me inquieta -lo reconozco- el perfil geométrico de esa gigantesca pieza cuando se recorta, contra las nubes de Magritte, y los peldaños escupen como pequeñísimas virutas de oro que es el sol que rompe esa tarde el hierro pintado de tiempo.
Es la escalera de un jardín. De un enclave que parece ficticio. Un lugar de reposo y alucinación habitado por el hierro y avencidado aquí mismo, Ballesteros de Calatrava. Un jardín, y un Palacio, transformados en territorio lírico, de un barroquísmo entre pos-industrial y pre-civilizado, imposible de relatar, porque habría que escribir sobre experiencias mentales y sensaciones casi místicas.
Esa tarde las escaleras del alma viraban en dirección opuesta. Hacia las honduras de la tierra, donde el alma se adentra en un laberinto que es el mismo laberinto de su existencia y el reflejo conceptual de la duda, de lo inexplicable. Imposible catalogar: instalación, escultura del suelo, arte de la naturaleza. A lo que se enfrenta el espectador es a una especie de gran excavación miscénica, a una suerte de arqueología del ser, a una radiografía del espíritu trazada entre las rocas y el acero.
A ese espacio de la mente, materializado en la tierra horadada, barroquizante y espeso como pocos, le ponnía música en vivo Carlos Galán, compositor matérico que estrenó su “Galería de sonidos para el alma” interpretándola con valentía entre las mismas gargantes y angosturas del laberinto terroso y opresivo, cerrando el más extraño concierto que ha dado en su vida con la interpretación de “Aufer Tenebras Mentium” por el coro infantil del Conservatorio Teresa Berganza.
Nunca la música en estado puro había brotado literalmente de la tierra como esa tarde, tiñendo la naturaleza de colores puros -como las piedras que gusta de pintar- y de sonidos abstractos, en un quiebro de experiencias desconocidas, en la que lo sísmico y lo telúrico buscaba más la confusión oscura de la noche que aquella transparente espesura atravesada por un sol de junio rabioso.
Una música que, grabada e incorporada a la misma instalación, acompañará al visitante explorador del laberinto, que irá “creando” su personal experiencia en un recorrido con treinta puntos de luz negra.
La Serna, jardín “amenús” pero barroquizado. Césped con esta sembradura de piezas, instalaciones al aire libre o habitáculos donde exponer. Y el otrora pintor y decorador Eugenio Bermejo, hoy un todoterreno en la aceptación más noble del término, se permite dar auténtica rienda suelta a su eclecticismo y su diferencia. La Serna, onde se ha hecho posible lo que para otros sería imposible por muchas vidas que vivieran.
Donde, por ejemplo ha podido medir el horizonte infinito de la soledad a base de agujerear el cielo, unas veces, o de escalar lo subterráneo, buscando en su laberinto propio esos otras que nos son tan comunes.
Y allí en el rincón del ángulo verde, la escalera, como una mastaba herrumbrosa y poética.







