Obra sobre el peligro de la palabra en el momento de su industrialización desde esta fecha
Instalación de arte conceptual
Espacio, maquinas de escribir y caja fuerte
Los medios de comunicación industriales disfrutan de una depravación singular de las leyes democráticas. En efecto, si la televisión y, por ósmosis, la prensa no disponen a priori de la libertad de anunciar falsas noticias, nuestra legislación les concede en cambio el poder exorbitante de mentir por omisión, censurando y prohibiendo las que no les convienen o pueden dañar sus intereses.
El cuarto poder –aún si conviene llamarlo así- es por lo tanto la única de nuestras instituciones capaz de funcionar al margen de todo control democrático eficaz, ya que cualquier crítica independiente dirigida contra él, cualquier solución de recambio, son desconocidas por el gran público, simplemente porque no tienen ninguna posibilidad de ser difundidas con amplitud y por consiguiente, de alcanzarlo.
“La libertad de prensa y de los otros medios sigue siendo un ideal. Nadie podría delimitar su campo de acción ni definir con precisión quiénes son los verdaderos poseedores de esta libertad.”
En definitiva, la masa lo ignora todo sobre los medios masivos, y si en democracia cada uno tiene derecho a la información en la medida prevista por la ley, parece que el cuarto poder está al margen de la ley o por encima de las leyes, y que éstas se detienen donde comienza su verdadero campo de acción. Los medios masivos que disponen del poder de manejar la información y por ende de agitar la masa flotante de la opinión pública, debían apoderarse fatalmente de los usos y costumbres, y con ello del conjunto incierto de reglas y prohibiciones que fundan una legislación de la que, con el paso de los años, se transformaron en ocultos inventores, y esto, bajo cualquier régimen económico y político.
Librados a sí mismos al final de la era de la disuasión, los medios industriales pasaron, como el resto de la producción masiva en estos últimos años, de lo necesario a lo superfluo y, en fin, al atolladero de la desregulación y las luchas intestinales cada vez más feroces, mientras se desarrolla sin cesar su poder de denunciar, exhibir, mostrarse, en detrimento de un privilegio de disimulación que se tornó precario. Aun cuando en la actualidad el verdadero problema de la prensa y la televisión ya no es tanto lo que son capaces de mostrar sino, indudablemente, lo que todavía están en condiciones de borrar, de ocultar y que, hasta aquí constituyó lo esencial de su poder. “Los medios no son un cuarto poder, sino un contrapoder –declaraba recientemente el periodista Jacques Derogy-, (que) hace retroceder todo lo que es opaco, secreto.”
Del mismo modo, la situación de la televisión se tornó crítica por la multiplicación anárquica de los canales privados, de cable o aire, de la popularización del zapping y, sobre todo, después de la abolición de los antiguos límites geopolíticos de nuestro campo de visión, con el desvelamiento, en muy pocos meses, de un mundo que hasta entonces se sustraía a los objetivos de las cámaras occidentales tras la opacidad de la Cortina de Hierro o el muro de Berlín.
Contra todo lo esperado, la cuarta dimensión del en vivo, a la que se consideraba como una formidable liberación de los medios, iba a quebrantar gravemente su credibilidad; dicho de otra manera, la realidad misma de los hechos ilustrados con tanta complacencia por las cámaras y hasta la existencia de una verdad mediática cualquiera nacida de la urgencia de las técnicas del tiempo real, que de aquí en más infiltra la totalidad de la comunicación masiva, tanto en el oeste como en el este, extendiéndose con indiferencia de la información política, económica, social o judicial a seudo diversiones liberadas de toda censura: reality base shows, clips musicales, pornografía, juegos interactivos, etcétera.
A.W. Smith sigue convenciendo: el cuarto poder no se comparte. Es indudable que no olvidó que, en el origen, la MEDIATIZACIÓN era lo contrario de la COMUNICACIÓN, una supervivencia de la barbarie feudal, del ostracismo antiguo.
Hasta el siglo XX, ser MEDIATIZADO significaba literalmente ser privado de los DERECHOS INMEDIATOS. De este modo, el emperador Napoleón I mediatizaba, al capricho de sus conquistas militares, a algunos príncipes hereditarios, privándolos de sus libertades de acción y decisión al mismo tiempo que les dejaba las apariencias a un poder que ya no estaban en condiciones de ejercer. Inmediatamente después del segundo conflicto mundial, la “satelización” de los países del este por la Unión Soviética renovó una vez más este procedimiento particularmente perverso. Napoleón, ese gran “mediatizador” a quien finalmente le faltó tiempo, era el hombre de las victorias rápidas, de las campañas militares basadas en la velocidad y la sorpresa. Casi lógicamente, fue también el progenitor desconocido de la prensa industrial en Francia, el autor indirecto de lo que se convertiría en un complejo informacional moderno.
Saint-Just, el teórico del Terror, afirmaba ayer: “Cuando un pueblo puede ser oprimido, lo es”. No es una exageración pretender decir hoy: “Cuando un pueblo puede ser mediatizado, ¡lo es!”.
¿Por qué, entonces, no preocuparse tanto por la industrialización y la comercialización a ultranza de nuestras herramientas de comunicación como por la proliferación de nuestras armas de destrucción y su carrera común, en la ubicuidad, en la instantaneidad?
Cuando la cuestión no consiste tanto en saber a qué distancia se encuentra la “realidad” transmitida, sino a qué velocidad viene a mostrarse su imagen sobre nuestras pantallas, es posible preguntarse, en efecto, si los medios industriales no alcanzaron un umbral de tolerancia que sería menos deontológico que etológico… ¿Podrán alejarse indefinidamente de las condiciones “naturales” de la comunicación, del equilibrio entre la necesidad y la capacidad que la funda?
Nadie ignora que la capacidad de comunicar es para el hombre, como para cualquier especie viviente, la condición indispensable de su ser en el mundo, es decir de su supervivencia. Capacidad innata que normalmente nos hace aptos para distinguir entre nuestro ambiente inmediato y las representaciones que nos hacemos de él, nuestras imágenes mentales.
A esta primera capacidad de adaptación al mundo en movimiento que nos rodea, se agrega otra mucho más compleja, la de distinguir entre lo que creemos real y por lo tanto verdadero, y lo que otro individuo puede considerar como real y verdadero. Esta segunda capacidad nos permite, gracias al lenguaje (gestual, vocal, gráfico, etcétera), ponernos en el lugar de esa otra persona, ver con sus ojos, aprovechar su sistema óptico para estar prevenidos de un suceso, re-presentarnos seres, objetos a los que no vemos o a los que no vemos todavía, y finalmente actuar en consecuencia.
La comunicación “natural” exige por lo tanto una proximidad audiovisual, unos intervalos o un territorio bastante restringidos, pero también un número reducido, que posean en común vocalizaciones u otros signos semánticos.
Hasta una época reciente, nuestros modos de conocimiento y representación (artes, ciencias, religiones, guerras, actividades sociales y sexuales, etcétera) dependían tanto de nosotros mismos (cuerpo propio) como de esta capacidad inaudita de desdoblarnos mediante la identificación con ese alter ego, literalmente ese otro yo, que nos permitiría “ver” o, mejor, concebir lo real a distancia, y que hacía que nuestro punto de vista tuviera un relieve social natural. Un poco de la misma forma en que la escasa separación entre los ojos de un mismo individuo crea el relieve de la imagen que percibe, su estereoscopia, gracias al ligero desfase espaciotemporal de la motilidad ocular.
Pero volvamos ahora a la reflexión de Marcel Pagnol que cité con tanta frecuencia: en el teatro, cada uno de los espectadores dispersos en la sala ve forzosamente una obra diferente. En el cine, en cambio, esos mismos espectadores, no importa dónde estén ubicados, verán exactamente lo que vio la cámara, es decir, la misma película. Aunque en una sala haya mil espectadores, en definitiva no hay más que uno solo, concluye Pagnol.
El aparato de proyección que pretende reemplazar “óptimamente” el alter ego (al otro yo), haciendo ver como presente al espectador clavado a su butaca lo que se encuentra naturalmente ausente y fuera del círculo restringido de su alcance visual, elimina, de hecho, el par estereoscópico que hasta allí componía y daba vida al relieve social de lo real. Escuchemos hablar de esta desaparición del “ser perceptor activo” al gran documentalista François Reichenbach:”tener una cámara cambió mi vida. Con ella, a través de ella, iba a echar otra mirada sobre todo…”
Del “armamento” del aparato fotográfico al “ojo armado” del reportero o el militar, hasta la llegada de la video vigilancia policial, el objetivo dirige con violencia la mirada humana hacia los seres y las cosas, simplemente porque, nos dice Wisemann, las nuevas técnicas lo permiten. “Desde el momento en que tuve una cámara –prosigue Reichenbach- ya no experimenté ningún interés por estar con la gente, por vivir entre ellos, sin filmarlos…”
En lo sucesivo, la cámara estará entre él y todas las cosas, y el milagro del cine industrial consistirá en reproducir en millones de ejemplos esta ruptura primordial de la comunicación.
“Yo soy la máquina que les muestra el mundo tal como únicamente yo lo veo– escribía Dziga Vertov-, el hombre de la cámara”… esa máquina que sumerge a los espectadores inertes en una forma sin precedente de soledad, una soledad múltiple ya que, como tan bien lo dice Marcel Pagnol, en la sala cinematográfica donde hay mil espectadores, ¡no hay más que uno solo!. A principios de los años sesenta, Herbert Marshall McLuhan, a través de la oposición de la pantalla y el escrito, pretendía que la televisión, luego de la radio, había restituido una inmediatez, una resonancia universal que el libro había hecho desaparecer en beneficio de una aparición secuencial del mundo.
La palabra publicidad significaría propaganda, y en los Estados Unidos se pasaría de la mera promoción de los bienes de consumo a una información más general, que escapó progresivamente a los periodistas corrientes para recaer en la industria publicitaria y su diferentes agentes.
Este nuevo complejo consagró con éxito en primer lugar, al mercado interno estadounidense, y luego, intentó en vano, hasta el segundo conflicto mundial, penetrar en los ámbitos europeos.
Con cierto retraso, un publicista francés podía por lo tanto declarar a fines de los años ochenta que la publicidad es la democracia y pretender al mismo tiempo un sillón de inmortal en la Academia. Como el discurso político tradicional se convirtió en una lengua muerta que se unió en los limbos de la desinformación a un discurso intelectual también en proceso de agotamiento, ¿por qué no podría publicitarlo ocupar un lugar bajo la Coupole junto con los cardenales, los mariscales, los hombres de ciencia, de letras, de cine o de la prensa, por qué no podría el lenguaje publicitario, a su turno, ser consagrado como un academicismo más?
Estrechamente integrada en la propaganda de Estado, tachada de inmoral por sus detractores y es especial por las ligas de defensa de los consumidores (¿hay derecho a tentar, y con mayor razón a engañar hasta ese punto a los ciudadanos sin caer en la ilegalidad?), la publicidad llegó a saturar indistintamente todas las esferas de poder –deportes, ciencia, filosofía, ética, cultura, ayuda humanitaria-, sin contar las presiones que ejerce sobre el mismo Estado democrático, a través de un mundo parlamentario psicológicamente debilitado.
A semejanza del terrorismo, la publicidad deberá oficializar rápidamente su status de gran potencia informacional. Como aquél, destruirá los últimos tabúes, exhibirá de manera complaciente el sufrimiento, la agonía, la muerte, el desastre ecológico… Acometerá contra la democracia, el arte, la política, la religión. Coproductora de Culture-Pub, Anne Magnien señala en abril de 1992: “Benetton encontró una brecha en los medios que, hay que creerlo, ya no desempeñaban su papel de relevo de una toma de conciencia. Las marcas se apoyan en un marketing de valores que faltan en las instituciones, más moral que la de los censores”.
¿Qué “moral” si no la del fin, de la escatología de la comunicación social? Al cabo de unos treinta años de representaciones audiovisuales, el complejo informacional se enfrenta a una nueva ecuación: un hombre = un gueto. La radio y la televisión ya no se dirigen más que a la masa anómima que contribuyeron a crear, ciénaga social inextricable cuyos actores sobreviven mas que bien en la soledad múltiple, marginados, divorciados, desocupados, miembros de las minorías étnicas, sexuales o sanitarias, hijos de familias monoparentales librados a sí mismos. Los medios masivos y sus ambiciones democráticas parecen haber llegado a un punto sin retorno, un umbral de tolerancia donde su poder específico se borra en beneficio de otros tipos de dependencia, mas solitarios, mas “cerca del cuerpo”… Es el caso de los niños de los guetos estadounidenses, aferrados a la droga, la pornografía, el crimen, y que afirman a la prensa y la televisión son cosas de viejos y de blancos.
El publicista Philippe Michel ya declaraba: “La publicidad no debe hacer vender sino crear actitudes”. Lo que hoy se llama publi-reportaje se inició con los clips de rock, pero sobre todo con las campañas antidroga. Como lo afirmaba Charles Manson: “Si ustedes no me hubieran dicho que la droga existía, nunca me habría drogado”. ¡En efecto, no se conoce publicidad que aparte del consumo de nada!
Ocurre lo mismo cuando, en 1993, para satisfacer las necesidades de una gran revista femenina, se filma a una “reina de belleza” elegantemente vestida mientras corre entre las ruinas de Sarajevo en medio de vehículos despanzurrados, imitando la huida mortal de los habitantes de la ciudad atrapados bajo el fuego de los snipers (francotiradores). La mira del fotógrafo de modas se confunde entonces absolutamente con la del asesino emboscado, y se nos invita a compartir su excitación solitaria.
Durante la última guerra mundial, los servicios de propaganda evitaban ese género de representaciones, simplemente porque, como se creía en el restablecimiento probable de la paz, era necesario conservar en el espíritu los símbolos más preciosos: prosperidad, cultura, deportes, espectáculos, familia. Al contrario, asociar la belleza y el crimen es construir un callejón sin salida, una situación sin retorno, estimular el deseo de destrucción de un mundo al que se quiere “acabar”. Así, pues, Anne Magnien tiene razón: el publi-reportaje elimina los últimos tabíes, pero como el “nuevo terrorismo” que acomete contra los museos. Las iglesias, los monumentos históricos (en Italia, en Suiza, en Turquía), que mascara a turistas, intelectuales, periodistas, paseantes…Luego de las viejas imágenes múltiples de Warhol y algunos otros, la desmultiplicación del poder informacional se convierte en el nuevo objeto de la contracultura. Elisabeth Sussman, la principal responsable de la bienal del Whitney Museun of American Art de Nueva York, declaraba en la primavera de 1993, adaptando sus palabras a las de los publicistas: ”Es necesario redefinir el mundo del arte en términos más realistas”. Así pues, entre las diversas “lecciones de contextualización” de la exposición, se nos invita a volver a ver, por enésima vez, la célebre videocinta de la paliza a Rodney King, pero presentada y firmada con el nombre de su “autor”, George Hollyday, el videalista aficionado que había sido testigo de las violencias policiales y también la causa indirecta de los tumultos, los asesinatos, los saqueos de Los Angeles en abril de 1992.
De la ilusión óptica del motor cinemático (¡ la verdad veinticuatro veces por segundo!) a la resolución final de la clarividencia humana por la velocidad absoluta de las ondas electromagnéticas, la mediatización técnica renovó progresivamente las técnicas de la mediatización primitiva, intentando confiscar sin violencia directa nuestros derechos inmediatos, agravando sin cesar las segregaciones de la antigua excomunión (excomunicación), hundiendo al mayor número de personas en un efecto de real que se hizo socialmente intolerable y en el caos geopolítico que ahora resulta de él.
No nos equivoquemos, la libertad de los medios (derecho democrático, libertad legítima de informar, comunicar, desplazarse… ) es inseparable en lo sucesivo de su potencia de liberación (desmultiplicación, proliferación, aceleración, armas de comunicación…) de la formación de una temible amalgama entre un estado de derecho y un estado de hecho.
Texto extraído de “El Arte del Motor” – Art.: El Complejo de los Medios de PAUL VIRILIO


